JES�S, NUESTRO CAMINO
 
Mother and child 
Dios ilumina tu d�a!  

Al o�r estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los m�s ancianos. Jes�s qued� solo con la mujer, que permanec�a all�, e incorpor�ndose, le pregunt�: �Mujer, �d�nde est�n tus acusadores? �Alguien te ha condenado?�.  Ella le respondi�: �Nadie, Se�or�. �Yo tampoco te condeno, le dijo Jes�s. Vete, no peques m�s en adelante�.

 

Juan 8: 9-11

 

 

M�sica para antes de meditar

 

DIFERENCIA ESENCIAL ENTRE CREENCIA Y FE

Gran cantidad de tinta -y sangre- se han derramado sobre las creencias a lo largo de los siglos Cristianos. Y a�n hoy, en una era de no fe, de escepticismo y ansiedad, lo que creemos, o lo que pensamos que creemos puede todav�a ser causa de divisi�n, distanciamiento y egocentrismo religioso. Sin embargo, �con cu�nta frecuencia la violencia con la que los hombres reivindican o defienden sus creencias traiciona el intento de convencerse a s� mismos de que ellos realmente creen o que sus creencias son aut�nticas! El espectro de nuestra verdadera creencia puede ser tan atemorizante que podemos vernos sumidos en modos extremos, contradictorios de imponer nuestras creencias a los dem�s, en vez de vivirlas nosotros mismos en forma simple y pac�fica.

 

Existe otra reacci�n extrema hacia la molesta sospecha que tenemos de nuestra falta de convicci�n y no es la arrogancia sino la indiferencia. Al sentir nuestra propia falta de autenticidad, la evadimos entreg�ndonos a las emociones que crea, el fatalismo o el pesimismo egoc�ntrico. Pero cualquiera sea el extremo, la intolerancia o la indiferencia, el origen es el miedo a la brecha entre lo que creemos y lo que experimentamos. Y sabemos que si esta brecha le resta autenticidad a nuestro mensaje, aunque se trate del Evangelio, no podemos convencer a nadie si no nos ha convencido a nosotros de que podemos ser transformados por �l.

 

Dondequiera que este temor a nuestro propio escepticismo controle a la Iglesia, lo que deber�a ser una comunidad alegre, tolerante y compasiva unida para celebrar la maravilla de una experiencia com�n trascendente se convierte en un observador sin vida de rutinas formales o en un agente de represi�n intolerante y pomposo. Desde nuestra perspectiva hist�rica podemos rememorar a una Iglesia que ha sido ambas. En realidad, debido a la sociedad compleja y vol�til en la que habitamos es probable que actualmente podamos encontrar ambos extremos de escepticismo Cristiano en diferentes �reas de la misma Iglesia.

 

Es un peligro siempre presente debido a que la fuerza vital de la tradici�n Cristiana es muy precaria, muy personal y muy delicada. No puede ser comprometida ni diluida sin dejar de ser lo que es y convertirse en una simple palabrer�a piadosa o en una religiosidad arrogante. Y sin embargo esta fuerza vital a la que San Pablo llama Esp�ritu- el Esp�ritu que no debemos entristecer ni sofocar- es un poder de irresistible alegr�a y paz, si s�lo nos permitimos ser. Si s�lo podemos encontrar el camino para ser, simplemente, nosotros mismos, entonces este poder en nuestro interior se dilata y nos absorbe. Entonces podemos convertirnos en lo que con tanta frecuencia hablamos, ap�stoles de la realidad que es Cristo, comunicadores de la energ�a viviente de su Evangelio.

 

Una de las grandes iron�as de la historia es que los hombres nunca han sido capaces de institucionalizar esta energ�a porque no se puede experimentar la realidad sino por medio de una participaci�n directa y espont�nea. A�n m�s, la experiencia que no es aut�ntica es demasiado f�cil de codificar, formalizar e institucionalizar, el recuerdo del fugaz vistazo de la luz de la realidad. Es este recuerdo, muchas veces extra�do de la experiencia directa, que pasa a las creencias codificadas que las sociedades legan a las generaciones sucesivas.�  continuar� la semana pr�xima

 

Traducci�n de una carta de Father John Main

 

(por Ana In�s)

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Luc�a

   

 

 

 

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