A Sense of Time Left
November 19, 2017
Psalm 90
By Bill Steward: whsteward@mediacombb.net

As the days in our church year dwindle down to a precious few, our lectionary calls us to meditate on Psalm 90 and the shortness of our earthly sojourns. 

Lord, you have been our dwelling place in all generations.
Before the mountains were brought forth,
  or ever you had formed the earth and the world,
     from everlasting to everlasting, you are God…
 
You sweep (us) away; we are like a dream,
  like grass which is renewed in the morning:
in the morning it flourishes and is renewed;
  in the evening it fades and withers…
 
So teach us to number our days
  that we might get a heart of wisdom
 
When it comes to meditating on my mortality, I have not had as much problem as earlier in my life, when I was immortal.

Nancy and I live at wonderful Wesley Acres. It has occurred to us that this will be our last address—no more moving on to another parsonage.

We live on the entrance-side and see the flashing lights of ambulances coming at all hours of the day and night. We do not ask for whom the lights flash.

My thoughts on this matter of mortality have been quickened by Barbara Myerhoff’s 1979 book, Number of Our Days.

Dr. Myerthoff spent four years living with a community of old Jews in Venice, California. They lived with integrity and joy though poor and infirm. The key: their combative stubbornness—they knew who they were and insisted on being themselves. “If I should be somebody else, who would be me?” Schmuel, a retired tailor, asked, citing an old Yiddish proverb. 

According to 89-year-old Basha, “We gotta make our own life, from the inside to the outside.” She insisted on living alone in her tiny one-room apartment. Her daughter, a successful lawyer, chided her for giving money to charity and not buying comfortable furniture for herself. “Do I need luxury at my age? Basha asked. “If I want white rugs, I could visit her house.” 

These old Jews continued to give of their dwindling time, energy and money. Their age did not diminish their responsibility to others. It was the last thing they would give up. It was what made them fully human beings (“mensch”).

Minnesota essayist Carol Bly has shown how numbering our days can make us better preachers: “A few years ago we had a constantly cheerful minister in town; no one was less apprehensive than he. He wasn’t nervous about the hydrogen bomb and he wasn’t nervous about...the Vietnam War. Then he became critically ill, and upon recovery, preached the first serious, thoughtful sermons of his life, or at least of his life here. Any number of people complained that the sermons had gone morbid and ‘negative.’ They hadn’t. He simply had learned a sense of time left.” ( Letter from the Country)

Un Sentido del Tiempo que Queda
19 noviembre, 2017
Salmos 90
Pro Bill Steward: whsteward@meadiacombb.net
 
Como los días en nuestro año de la iglesia se disminuyen a unos pocos preciosos, nuestro leccionario nos llama a meditar en Salmos 90 y la brevedad de nuestras estancias en la tierra.
 
Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación.
Antes que nacieran los montes
   y formaras la tierra y el mundo,
   desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.
 
(Nos) arrebatas como con torrente de aguas; son como un sueño.
   Como la hierba que crece en la mañana:
en la mañana florece y crece;
   a la tarde es cortada y se seca.
 
Enséñanos de tal modo a contar nuestros días
   que traigamos al corazón sabiduría.
 
Cuando viene a meditar sobre mi mortalidad, no he tenido tantos problemas como en épocas anteriores de mi vida, cuando me vi como inmortal. 
 
Nancy y yo vivimos en el maravilloso Wesley Acres. Nos ha ocurrido que ésta será nuestra última dirección – no vamos a mudarnos a otra casa pastoral.
 
Vivimos en el lado donde se encuentra la entrada y vemos las luces que parpadean de las ambulancias llegando a todas horas del día y de la noche. No preguntamos para quién parpadean las luces.
 
Mis pensamientos sobre este asunto de la mortalidad han sido estimulados por el libro de Barbara Myerhoff en 1979 NUMERAR NUESTROS DÍAS. 
 
La Dra. Myerhoff pasó cuatro años viviendo con una comunidad de judíos viejos en Venice, California. Vivían con integridad y alegría aunque eran pobres y enfermizos. La clave: su terquedad combativa – sabían quiénes eran e insistían en ser ellos mismos. “Si fuera alguien más, ¿quién sería?” Schmuel, a sastre jubilado, citando un viejo proverbio yiddish. 
 
Según Basha de 89 años, “Tenemos que hacer nuestra propia vida, de adentro hacia afuera.” Ella insistía en vivir sola, en su apartamento pequeñito de sólo un cuarto. Su hija, una abogada próspera, la reprendía por dar dinero a organizaciones benéficas y por no comprar muebles más cómodas para sí misma. “¿Es que necesito lujo a mi edad?” preguntó Basha. “Si quiero alfombras, podría visitar la casa de ella.”
 
Estos judíos ancianos seguían dando su decreciente tiempo, energía, y dinero. Su edad no redujo su responsabilidad a otros. Era la última cosa que abandonarían. Era lo los hizo seres humanos completos (“mensch”).
 
La ensayista de Minnesota Carol Bly ha mostrado como el numerar nuestros días puede hacernos predicadores/ as mejores: “Hace unos años tuvimos un pastor continuamente feliz en nuestro pueblo; nadie era menos inquieto que él. No estaba nervioso acerca de la bomba de hidrógeno y no estaba nervioso acerca de . . . la Guerra en Vietnam. Entonce se puso enfermo gravemente y al recuperarse . . . predicó sus primeros sermones meditados y serios de su vida, o por lo menos de su vida en nuestro pueblo. Muchas personas se quejaron que los sermones se habían hecho mórbidos y ‘negativos.’ Pero no fue así. Simplemente había aprendido un sentido del tiempo que queda.” (CARTAS DEL CAMPO)
 
Díganle a su gente las buenas nuevas este domingo: Jamás es demasiado tarde para numerar nuestros días.