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Romanos 1:16-2:16
Pues no me avergüenzo del evangelio; es el poder salvador de Dios para todo aquel que cree: para el judío en primer lugar, y también para el griego. Porque en él se revela la justicia de Dios por medio de la fe y para la fe, tal como está escrito: «El justo vivirá por la fe».
Ciertamente, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de aquellos que, por su injusticia, suprimen la verdad. Pues lo que se puede conocer acerca de Dios les resulta evidente, ya que Dios mismo se lo ha revelado. Desde la creación del mundo, el poder eterno y la naturaleza divina de Dios —aunque invisibles— se han podido ver y entender a través de las cosas que él ha hecho.
Por tanto, no tienen excusa; pues, aunque conocían a Dios, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que sus razonamientos se volvieron vanos y su insensato corazón se oscureció. Aunque pretendían ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes semejantes a las de un ser humano mortal, o a las de aves, cuadrúpedos o reptiles.
Por eso, Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, para que deshonraron sus cuerpos entre sí. Cambiaron la verdad acerca de Dios por una mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, ¡quien es bendito por siempre! Amén.
Por esta razón, Dios los entregó a pasiones deshonrosas. Sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las antinaturales; y de la misma manera, también los hombres, dejando las relaciones naturales con las mujeres, se consumieron en sus apasionados deseos los unos por los otros. Los hombres cometieron actos vergonzosos con otros hombres y recibieron en su propia persona el justo castigo por su error.
Y dado que no consideraron digno reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran cosas que no se deben hacer. Se llenaron de toda clase de injusticia, maldad, avaricia y malicia.
Colmados de envidia, homicidios, contiendas, engaños y astucia; son chismosos, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, inventores de males, desobedientes a sus padres, necios, desleales, insensibles y despiadados.
Conocen el decreto de Dios: que quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo las hacen ellos mismos, sino que incluso aplauden a otros que las practican.
Por tanto, no tienes excusa alguna, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás; pues al juzgar a otro, te condenas a ti mismo, ya que tú, el juez, haces exactamente las mismas cosas. Sabemos que el juicio de Dios sobre aquellos que cometen tales actos se ajusta a la verdad.
¿Acaso crees tú, quienquiera que seas, que al juzgar a quienes cometen tales actos —mientras tú mismo los cometes— escaparás del juicio de Dios? ¿O acaso menosprecias las riquezas de la bondad, la tolerancia y la paciencia de Dios? ¿No te das cuenta de que la bondad de Dios tiene como propósito llevarte al arrepentimiento? Pero, debido a tu corazón endurecido e impenitente, estás acumulando ira contra ti mismo para el día de la ira, cuando se revele el justo juicio de Dios.
Dios retribuirá a cada uno conforme a sus obras: a aquellos que, mediante la perseverancia en el bien, buscan gloria, honra e inmortalidad, Dios les concederá la vida eterna; mientras que para aquellos que actúan por egoísmo y no obedecen a la verdad, sino a la injusticia, habrá ira y furor. Habrá aflicción y angustia para todo aquel que hace el mal —tanto para el judío, en primer lugar, como para el griego—; pero habrá gloria, honra y paz para todo aquel que hace el bien —tanto para el judío, en primer lugar, como para el griego—. Pues Dios no hace acepción de personas.
Todos los que han pecado sin estar bajo la ley perecerán también sin la ley; y todos los que han pecado bajo la ley serán juzgados conforme a la ley. Porque ante los ojos de Dios no son justos los que solamente escuchan la ley, sino que serán justificados los que la cumplen. Cuando los gentiles —que no poseen la ley— hacen por naturaleza lo que la ley exige, ellos, aun sin tener la ley, se convierten en ley para sí mismos.
Demuestran así que lo que la ley exige está escrito en sus corazones, tal como lo atestigua también su propia conciencia; y sus pensamientos, que a veces se acusan y otras se excusan mutuamente, darán testimonio de ello en el día en que, conforme a mi evangelio, Dios juzgue por medio de Cristo Jesús los pensamientos secretos de todos.
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