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By this everyone will know that you are my disciples, if you have love for one another.
— John 13:35

My siblings in Christ:

Acts of gun violence, one of them in our own diocese, weighed on our hearts last weekend as we gathered to praise and worship the Risen Christ. In the name of our Lord, I write with three invitations to the people of God.

  • To continue to pray for the victims in Buffalo and Laguna Woods, for all our Black and Taiwanese siblings, for all at risk from racist and gun violence, and for the reconciliation of the shooters to the heart of God.

  • To count the blessing of our freedom even as we continue to perfect our politics, long distorted by the marginalization or exclusion of Blacks, women, and immigrant workers of color who labor for the common good and pay taxes without representation.

  • To reflect on our obligations and opportunities as Christian citizens.

Much has yet to be learned about the motives of the shooter in Laguna Woods, a seeming critic of Taiwan. His act of hatred came close to our diocesan family. At least two priests and their families have ties to the Taiwanese Presbyterian congregation he attacked, including the pastor who courageously intervened to save lives.

The murderer in Buffalo embraced so-called great replacement theory. Its white supremacist proponents deplore the essential, cardinal virtue of democracy in a plural setting: When more immigrants and people of color vote, fewer white people win elections. Discounting the suspect as a deranged outlier would be a mistake. Adherents of this doctrine murdered people of color in Charleston, El Paso, and at a mosque in Christchurch, New Zealand. A mob, including white supremacists, that also construed democracy as the problem rather than the solution used violence in January 2021 to try to overturn the presidential election.

For the time being, the peril will probably continue to grow. One in three Americans now say violence against the government can be justified under some circumstances. As our free, fair elections produce more outcomes that people deplore or fear, the threat of violence may escalate, with people of color and immigrants at the greatest risk.

With our civic life so poisoned by prejudice, distrust, and fear, with the divisions continuing to deepen, how is the follower of Christ to obey the great commandment to love others while standing up for what we believe is right? 

Each Christian must work out their own theology of civic life, beginning with our individual responsibilities to vote and petition our representatives. Almost everyone agrees the church should not endorse candidates. Some would prefer we said nothing about politics or public policy. Most take the middle way, believing that the church must add its voice to those of Jesus, John the Baptist, and the prophets when power fails to respect the dignity of every human being, as we promise in the baptismal covenant.

Whatever our conception of Christian citizenship, Paul invites us to speak the truth in love — beginning in conversations with family, friends, and fellow church members and on social media. It is not always easy. I understand it can be excruciatingly difficult to remain in relationship and community across difference while debating issues such as gun control, voter empowerment, abortion, the death penalty, climate change, the reckoning we owe for racism, alleviating food and housing insecurity, and the work to which Christ calls us to break down barriers of race and nation, age and class, orientation and identification. It is hard to hear opinions we abhor and respond with love and without rancor.

By God’s grace, we have the examples of our forebears. A legendary American who bore the wounds of rancor while lifting high the shield of Christ’s love was the late Thurgood Marshall, Episcopal layperson, civil rights leader, and Supreme Court justice, whom The Episcopal Church remembers this week. “The measure of a country’s greatness,” he said, “is its ability to retain compassion in times of crisis.”

Jesus taught the same thing about the church in John 13, which was read out last Sunday. If the apostles treat one another with love, our Lord said, “everyone will know that you are my disciples.” My siblings in Christ, this is scripture I insist on taking literally. Jesus means “everyone.” By speaking the truth in love, by the way we behave toward one another and our neighbors, we exhibit the face and purposes of God to a big, broken, skeptical world – even when the work is hard, the wounds are deep, and the sorrow too great to bear.

Yours in Christ’s love,

The Rt. Rev. John Harvey Taylor
VII Bishop of Los Angeles
18 de mayo del 2022

En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros.
— Juan 13:35

Mis hermanos y hermanas en Cristo:

A medida que nos congregábamos a alabar y adorar a Cristo Resucitado este pasado fin de semana, actos de violencia a mano armada, uno de ellos en nuestra propia diócesis, sopesaban nuestros corazones. En el nombre de nuestro Señor, escribo tres invitaciones al pueblo de Dios.

  • Que continuemos orando por las víctimas en Búfalo y Laguna Woods, por nuestras hermanas y hermanos negros y taiwaneses, por todos los que se encuentran en riesgo de violencia racista y política, y por la reconciliación del corazón de los tiradores con el corazón de Dios.

  • Que estemos agradecidos con las bendiciones de nuestra libertad aun a medida que continuamos perfeccionando nuestras políticas, que por tanto tiempo se han visto distorsionadas por la marginalización o exclusión de negros, mujeres, y trabajadores inmigrantes de color quienes laboran por el bien común y quienes pagan sus impuestos sin tener representación.

  • Que reflexionemos sobre nuestras obligaciones y oportunidades como ciudadanos cristianos.

Todavía no se sabe mucho sobre la motivación del agresor en Laguna Woods, un aparente crítico de Taiwán. Su acto de odio estuvo muy cerca de impactar nuestra familia diocesana. Por lo menos dos sacerdotes y sus familias tienen lazos con la congregación presbiteriana taiwanesa que atacó, incluyendo el pastor que valientemente intervino para salvarles las vidas.

El asesino en Búfalo aceptaba la llamada teoría del gran reemplazo. Sus partidarios blancos supremacistas condenan la virtud esencial y fundamental de la democracia en un contexto pluralista: Que cuando más inmigrantes y personas de color votan, entonces menos personas blancas ganan las elecciones. El descartar al sospechoso como un caso poco normal y demente sería un error. Seguidores de esta doctrina asesinaron personas de color en Charleston, El Paso, y en una mezquita en Christchurch, Nueva Zelandia. Una multitud, que incluía blancos supremacistas, que también ven a la democracia como un problema en vez de una solución utilizaron la violencia en enero del 2021 para intentar anular las elecciones presidenciales.  

Por el momento, el peligro probablemente continuará creciendo. Uno de cada tres norteamericanos, declaran ahora que el uso de la violencia en contra del gobierno puede ser justificada en algunas circunstancias. Y a medida que nuestras elecciones libres y justas producen resultados que algunas personas temen o condenan, la amenaza del uso de violencia puede aumentar, siendo las personas de color e inmigrantes quienes se encuentran en mayor riesgo.

Y viviendo en una vida cívica envenenada por el prejuicio, la desconfianza y el temor y con las divisiones entre nosotros que cada día se vuelven más profundas, ¿cómo podemos los seguidores de Cristo obedecer el gran mandamiento de amarnos los unos a los otros, cuando al mismo tiempo defendemos aquello que nosotros creemos que es lo correcto?

Cada cristiano debe ejercitar su propia teología con respecto a la vida civil, empezando con nuestras responsabilidades individuales de votar y de hacer peticiones a nuestros representantes. Casi todos están de acuerdo en que la Iglesia no debe respaldar a ningún candidato o candidata. Algunos preferirían que no dijéramos nada sobre política o política pública. La mayoría toman la vía media, creyendo que la iglesia debe agregar su voz a las voces de Jesús, de Juan el Bautista y de los profetas cuando el poder fracasa en respetar la dignidad de todo ser humano, como lo prometemos en nuestro pacto bautismal.

Sea el que sea nuestro concepto de ciudadanía cristiana, San Pablo nos invita a que digamos la verdad con amor — empezando en las conversaciones con la familia, los amigos, miembros de la iglesia y en los medios sociales. Y no es siempre fácil hacerlo. Yo entiendo que puede ser terriblemente difícil el mantenernos en relación y en comunidad a través de nuestras diferencias mientras que debatimos asuntos como el control del uso de las armas de fuego, el empoderamiento para votar, el aborto, la pena de muerte, el cambio climático, las cuentas que debemos rendir por el racismo, el aliviar la inseguridad de comida y vivienda, y el trabajo al que Cristo nos llama de derribar las barreras de raza, nación, edad, clase social, orientación e identificación sexual. Es difícil escuchar las opiniones que detestamos y responder con amor y sin rencor. 

Por la gracia de Dios, tenemos el ejemplo de nuestros antepasados. Un gran famoso norteamericano quien llevó consigo las heridas del rencor mientras que levantaba en alto el escudo del amor de Cristo fue el difunto Thurgood Marshall, laico episcopal, líder de los derechos civiles y juez de la Corte Suprema, a quien la Iglesia Episcopal recuerda esta semana, quien dijo “La medida de la grandeza de un país, es su capacidad de guardar compasión en tiempos de crisis.”

Jesús me enseñó lo mismo con respecto a la Iglesia en San Juan 13, lectura que leímos el domingo pasado. Si los apóstoles tratan a su prójimo con amor, nuestro Señor dijo, “todos sabrán que son mis discípulos.” Mis hermanas y hermanos en Cristo, este es un pasaje de las escrituras que insisto debemos tomar de manera literal. Jesús habla de “todos.” Aun cuando el trabajo es difícil, las heridas son profundas, y el dolor demasiado fuerte para soportar, el decir la verdad con amor, por medio de la forma en que nos comportamos hacia los demás y con nuestros vecinos, demostramos el rostro y los propósitos de Dios a un mundo quebrantado e incrédulo.

Suyo en el amor de Cristo,

El Rvdmo. John Harvey Taylor
VII Obispo de Los Ángeles