Mensaje de nuestro Pastor P. Aaron Pierre, S.J.
Durante los cuatro años de la preparatoria, todos los días pasaba frente a un gran póster en el pasillo principal que decía: “Encuentra un trabajo que disfrutes y nunca tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida.” Siempre me gustó esa frase. Hay algo muy bonito en encontrar un trabajo que use nuestros dones y nos dé alegría. Pero con los años me he dado cuenta de que la segunda parte simplemente no es cierta. El trabajo sigue siendo trabajo. Incluso el trabajo que amamos implica sacrificio, frustración, días largos y, a veces, pies adoloridos o manos cansadas.
Nuestro mundo muchas veces nos manda otro mensaje sobre el trabajo: mientras “mejor” sea tu trabajo, más importante eres. El salario, los estudios, los títulos y el prestigio fácilmente pueden convertirse en una medida del valor de una persona. La enseñanza católica da vuelta a esa idea. Nuestro trabajo no nos da dignidad; nuestra dignidad, que viene de Dios, da valor a nuestro trabajo. San Juan Pablo II lo expresó de manera sencilla: el trabajo es “para el hombre”, y no el hombre “para el trabajo”.
Pensemos por un momento en cuánto trabajo nos rodea y casi nunca notamos. Alguien limpió el lugar antes de que entráramos. Alguien preparó nuestra comida, reparó el techo, puso el cemento, cuidó a un niño, acomodó los productos en una tienda o manejó el camión. Detrás de cada tarea hay una persona, con una familia, esperanzas, preocupaciones, cansancio y sacrificios. Muchas veces ese trabajo también es un acto de amor: comida en la mesa, la renta pagada, los hijos cuidados o ayuda enviada a la familia que está lejos.
Este mes, los invito a practicar un sencillo hábito cristiano: ver al trabajador. Mirar más allá del uniforme, la tarea o el puesto, y reconocer a la persona. Dar las gracias. Tratarla con respeto. Ningún trabajo honesto hace pequeña a una persona, porque cada trabajador lleva una dignidad que viene de Dios.
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