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¿Qué impulsa su mentalidad misionaria?
Un verdadero espíritu misionero no comienza con la estrategia o la acción: comienza con el asombro. No podemos encender los corazones de los demás, a menos que nuestros propios corazones estén encendidos. Y nada enciende el corazón cristiano más poderosamente que redescubrir la admiración por la Eucaristía.
En el centro de nuestra fe se encuentra un misterio más allá de la comprensión: Dios se ofrece a sí mismo como alimento. San Carlos Borromeo reflexiona sobre esto con asombro, preguntando: ¿Qué impulsó a Dios, sumamente bueno y grandísimo, a darse a sí mismo como alimento a esta criatura tan miserable que es el hombre? Su respuesta es simple y sorprendente: solo amor.
El mismo Dios que creó el universo…
El mismo Dios que rescató a Israel…
El mismo Dios que se encarnó…
…se coloca en nuestras lenguas, no por obligación, sino por un amor tan intenso e inmerecido que Borromeo no puede sino exclamar: ¡Oh, inexplicable amor de Dios por nosotros!
Este es el fuego que impulsa la misión.
Este es el asombro que transforma a los hombres.
Esta es la verdad que, si se reavivara, daría nueva forma a los hombres, a las familias y a las comunidades.
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