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En todo el mundo, vivimos un momento de ajuste de cuentas respecto al dolor heredado y persistente, a los valores que nos moldean y a su impacto en las comunidades que apenas sobreviven, así como en aquellas que poseen una comprensión distorsionada del poder, lo cual impide su propia sanación. Cada día, las noticias nos bombardean con una nueva «situación» que nos insta a cuestionar el *status quo* y alimenta el surgimiento de conversaciones —y batallas— que forman parte del proceso de cambiar de rumbo y hacer crecer nuestras almas.
Este ajuste de cuentas exige el valor para confrontar formas de pensamiento arraigadas desde hace mucho tiempo, incluidas las narrativas de las que nos convencemos a nosotros mismos para evitar el dolor anticipado de desmoronarnos ante la verdad. Existir en el mundo con valores o creencias contradictorias, e intentar sofocar la agitación que esto genera por cualquier medio necesario, consume una enorme cantidad de energía. La opresión sistémica ha convertido esto en una maquinaria predecible.
Para los oprimidos, esto puede sonar así:
«Estoy bien y no tengo tiempo para andar sintiendo cosas. Necesito concentrarme en solucionar problemas y seguir adelante. Claramente, he hecho esto tantas veces que significa que estoy perfectamente bien, incluso si ello exige cambiar mi código de conducta según la situación».
Esta postura puede sentirse empoderadora, ya que niega la existencia del dolor con el fin de seguir funcionando dentro de entornos que no están diseñados para nuestra prosperidad.
En la narrativa de los opresores, la estrategia a menudo ha consistido en negar conductas atroces inventando justificaciones que se alinean con la forma en que desean percibirse a sí mismos y con las formas de poder que conectan, principalmente, con el dinero, el dominio y el control.
En ambas circunstancias, confrontar la realidad resulta aterrador.
En el ámbito clínico, a esto lo llamamos disonancia cognitiva:
«Cuanto más tiempo me cuento una mentira reconfortante y elaboro formas de justificarla, menos tengo que lidiar con la realidad».
Aun así, las verdades siempre acaban saliendo a la superficie, incluso a través de nuestras reacciones —que no respuestas— inconscientes ante acontecimientos que nos obligan a confrontar la realidad.
Las respuestas surgen de la reflexión y la ponderación. La reactividad, por el contrario, gira enteramente en torno a la supervivencia ante un peligro percibido... cualquier tipo de peligro.
Uf... esto es agotador. Sin embargo, las personas que viven en modo de supervivencia conocen esta experiencia demasiado bien. Curiosamente, esto es cierto tanto en las comunidades opresoras como en las oprimidas. Esta es una de las muchas formas de reconocer que nuestra humanidad clama por sanación. Frecuentemente para comunidades opresoras, incluso el impulso de dominar, silenciar o negar se convierte en una estrategia de supervivencia distorsionada: un intento desesperado por evitar confrontar verdades dolorosas sobre sus vidas, la historia y el impacto de sus propias acciones. Esto no justifica el daño causado. Simplemente nos recuerda que el miedo, cuando no se atiende, aprisiona a todo aquel que toca.
Hasta que decidamos, con total seriedad, ser honestos con nosotros mismos y con los demás —dentro de comunidades que ofrezcan un espacio seguro donde decir la verdad se convierta en un proceso de sanación—, seguiremos sufriendo y resintiéndonos en todos los ámbitos de la vida. Ya sea que se manifieste en las familias, en los lugares de trabajo, en las organizaciones o en crisis nacionales e internacionales, las heridas desatendidas seguirán infectando nuestra experiencia de vida.
Nos convertimos en prisioneros del miedo.
La libertad se encuentra en el momento en que reconocemos que ha llegado la hora de pasar la página. A esto le sigue el perdonarnos a nosotros mismos por aquello que aún no sabíamos, o que no queríamos saber. Se encuentra en permitirnos acoger el apoyo necesario para sanar, reparar verdaderamente el daño, transformar nuestra mentalidad y cultivar nuevas acciones alineadas con esa transformación.
Ay, ay, ay... hay mucho más. Sin embargo, este es un comienzo honesto hacia nuestra propia liberación, para así convertirnos en una presencia benéfica en este mundo.
Para muchas personas, esto representa permitir que nuestra vida se convierta en una oración.
Deja que la promesa de vivir una vida que honre el simple hecho de que estás aquí se convierta en tu brújula guía. El mundo necesita que todos despertemos.
En esta etapa de tu vida, ¿qué definirías tú como libertad?
¿Qué precio pagarías por privarte de esa vida deliciosa que merecemos experimentar, por el simple hecho de haber venido a este mundo?
Recientemente compartí algunas reflexiones en video, por si te gustaría seguir profundizando en este tema conmigo. Una de las reflexiones sobre la libertad trata acerca de la jornada en sí, y la otra es una continuación que invita a que fluyan tus propias reflexiones...
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