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Mensaje de nuestro Pastor P. Aaron Pierre, S.J.
Durante el mes de mayo, nuestra vida parroquial está llena de momentos sacramentales muy hermosos. Celebramos a los jóvenes que reciben la Confirmación, a los niños que reciben su Primera Comunión y a los adultos que son confirmados en la fe. El domingo pasado, también tuvimos la alegría de celebrar una convalidación matrimonial durante la Misa de 10:30am en San Patricio, rodeados de la oración y el cariño de la comunidad. Fue un hermoso recordatorio de que los sacramentos nunca son solo momentos privados. Pertenecen a toda la Iglesia.
A veces podemos pensar en los sacramentos como cosas que hay que “cumplir”: Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Matrimonio. Pueden empezar a sentirse como casillas que marcamos en medio de nuestras vidas ocupadas. Aunque es cierto que los sacramentos marcan momentos reales de gracia, no son una meta que se alcanza y ya.
Los sacramentos no son algo que simplemente se cumple. Son una vida que estamos llamados a vivir.
En cada sacramento, Cristo se acerca a nosotros. Nos encuentra en los momentos concretos de nuestra vida: en la niñez y en la vida adulta, en el compromiso y en la debilidad, en la alegría y en el dolor, en el pecado y en la misericordia. Por medio de los sacramentos, la gracia de Dios no permanece como algo abstracto o lejano. Entra en nuestra vida y empieza a transformarnos desde dentro.
Por eso, cada sacramento abre una puerta. El Bautismo abre la puerta a una vida nueva en Cristo. La Confirmación abre la puerta a la misión: fortalecidos por el Espíritu Santo para servir al pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo. El Matrimonio abre la puerta a una vocación diaria de amor fiel y generoso. Y la Eucaristía, que recibimos una y otra vez, mantiene esa puerta abierta, formándonos como Cuerpo de Cristo para los demás. La Confesión y la Unción de los Enfermos también abren puertas: una nos recuerda que la misericordia de Dios es más fuerte que nuestro pecado; la otra, que Cristo se acerca a nosotros especialmente en la debilidad.
Este mes, al celebrar tantos momentos sacramentales, recordemos quiénes somos. No somos simplemente personas que reciben sacramentos de vez en cuando. Somos un pueblo sacramental: una comunidad que sigue siendo formada, sanada, fortalecida y enviada por la gracia de Dios.
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